Las fases que a continuación se
detallan, de acuerdo con Godoy (1993), representan aquello que el terapeuta
hace desde que se dispone a enterarse de los problemas que aquejan al paciente
hasta que finaliza su intervención.
·
Fases
a).- Análisis del
motivo de consulta: es una fase del proceso de evaluación menos estudiada, incluso algunos
lo pasan por alto y comienzan con la traducción del motivo de consulta en
conductas operacionalmente definidas. Sin embargo, antes de traducir a
conductas es absolutamente necesario tener perfectamente claro qué es lo que se
necesita traducir, es decir, conocer con exactitud y de forma completa cuáles
son las conductas tanto de queja como demandas del paciente.
b).- Establecimiento de las metas últimas del tratamiento: hacen referencia a
los criterios utilizados para considerar el tratamiento como un éxito, por lo
cual, deberán ser clínicamente relevantes y socialmente significativos. Esto
es, que deban solucionar las demandas del paciente y de los agentes sociales significativos
que lo rodean. Incidiendo en el comportamiento y el ambiente del sujeto.
c).- Variables de las que dependen las metas últimas del tratamiento:
o El sistema conceptual y de valores del terapeuta.- Distintas terapias y
distintos terapeutas parecen tener objetivos finales diferentes.
o El sistema conceptual y de valores de quien realiza
la consulta.- Las quejas y demandas procedentes de los pacientes con frecuencia se
expresan en términos vagos y de teorías de rasgos. Por lo que, los datos que
proporciona el paciente, con frecuencia se encuentran influidos por el sistema
conceptual empleado por el terapeuta.
o Los requerimientos del medio físico y social en el
que vive y se desenvuelve el paciente.
d).- Análisis de las conductas problema: los problemas que se
plantean son de dos tipos: quejas y demandas. Ambas suelen agruparse en lo que
se considera “el motivo de consulta”. Las quejas suelen referirse a lo que va
mal y se quiere eliminar, a lo que causa problemas, a lo negativo y molesto.
Las demandas, a su vez, hacen referencia a lo que se quiere adquirir, a lo
positivo. En general, puede decirse que toda queja encierra una demanda: una
nueva forma de comportarse.
Las quejas y las
demandas, en nuestro medio, se plantean como términos de clases de conductas
(p.ej., «grita mucho») o en capacidades («soy incapaz de...»). De esta manera
en evaluación conductual se considera lo que siente o experimenta el cliente
como un sentimiento sordo de malestar puede pasar conceptualizarse como
respuestas específicas a nivel motor, cognitivo y lógico.
Las conductas problema
hacen referencia, pues, a la traducción, en términos conductuales operacionales,
del motivo de consulta presentado por el paciente. Cuando se habla de
eliminación o definición de las conductas problema en terapia de conducta suele
hacerse referencia a la operacionalización, en términos conductuales, tanto de
las quejas como de aquello que produce las demandas del paciente.
Por lo cual, la
importancia que tiene el análisis de la conducta problema es el de llegar a una
situación de conocimientos tal que permita un acto diagnóstico completo: la
clasificación de las conductas problema de tal forma que sea posible la
indicación del tratamiento más adecuado. Es decir, el tratamiento que elimine
el problema a lo largo del tiempo y a través de las situaciones.
e).- Estudio de los objetivos terapéuticos: constituyen aquella clase
de conductas a las que se dirige, o sobre las que se centra la intervención
terapéutica.
f).- Elección de las conductas meta: algunas
consideraciones que utilizan los terapeutas de conducta para guiarse en la
elección de las conductas objetivo y de la secuencia más adecuada en que debe abordarse
cada una de ellas, son las siguientes:
o Deben cambiarse los
comportamientos que son física, social o económicamente peligrosos para el
paciente o para los que le rodean.
o Una conducta es anormal y
debe modificarse si es aversiva para el propio sujeto o para otros, bien porque
se aparta de lo que se espera del sujeto en ciertas situaciones, bien porque resulta
impredecible.
o Se debe cambiar una
determinada conducta si así se flexibiliza el repertorio del paciente, de tal
forma que se aumenta el bienestar individual y social a largo plazo.
o La conducta a implantar
en lugar de la conducta problema debe establecerse en términos positivos y
constructivos, en oposición a la visión supresora o negativa.
o Deben obtenerse niveles
óptimos de funcionamiento, y no sólo niveles medios.
o Se deben seleccionar para
su modificación únicamente aquellas conductas que el contexto continuará
manteniendo.
o Sólo se deben considerar
como conductas objetivo aquellas que son susceptibles de ser tratadas, dados
los recursos con que cuentan el paciente y el terapeuta y con los medios
disponibles en un determinado momento de desarrollo de las técnicas
terapéuticas.
g).- Prioridad en
las conductas objetivo: en primer lugar se plantea siempre que el problema
no es “monosintómatico”, es decir, siempre que exista más de una conducta
objetivo. En estos casos, la conducta a modificar en primer lugar será:
o
La conducta que resulte más molesta para el
paciente o los otros significativos, ya que de esta forma el propio paciente o
los otros, como mediadores, estarán más motivados a continuar con el
tratamiento si se benefician con la intervención.
o La conducta más fácil de
modificar, ya que los resultados rápidos motivarán al paciente y/o a los otros
significativos y los llevarán a esforzarse y a colaborar en los intentos
terapéuticos.
o La conducta que produzca
la máxima generalización de los efectos terapéuticos.
o La primera conducta de la
cadena en el caso de que varias conductas constituyan una cadena comportamental.
Sin embargo, parece más sensato
intervenir en primer lugar (excepto en aquellos casos en que existen conductas
peligrosas o muy aversivas para el sujeto o los que lo rodean) sobre aquellos elementos
(conductas o factores ambientales) que produzcan un proceso de intervención más
rápido, parsimonioso y dotado de efectos más generales.
h).- Criterios
directrices para la elección del tratamiento adecuado: las estrategias principales
para elegir tratamiento pueden agruparse en tres categorías clasificatorias:
o Estrategia del análisis funcional: es la estrategia clásica
en terapia de conducta para unir evaluación y tratamiento, esto es, para
derivar el tratamiento adecuado a partir de los datos de la evaluación. Por lo
que, el análisis funcional pretende descubrir relaciones estímulo-respuesta.
o La estrategia de la conducta clave: parte del supuesto de que
los trastornos conductuales están constituidos por clases de conductas que se
interrelacionan en los tres sistemas de respuestas: motor, cognitivo y
fisiológico. Se supone, igualmente, que el modificar alguna clase de conductas,
o algunas conductas de una determinada clase, modifica otras clases o la clase
entera, es decir, pretende cambiar una conducta para que ésta cambie otra, y
ésta a otra, y así sucesivamente. Por lo que, intenta descubrir relaciones respuesta-respuesta.
o La estrategia diagnóstica: se basa en la forma topografía o propiedades
estructurales de la conducta, en oposición a sus propiedades funcionales. Según
este enfoque, una vez que se le ha asignado a la persona un diagnóstico
determinado, se elegirá el tratamiento que se ha encontrado más efectivo para
ese tipo de trastorno, suponiendo que tal tratamiento exista. Así, para la
depresión puede aconsejarse la terapia cognitiva de Beck; para las fobias, técnicas
de exposición; para el exhibicionismo, sensibilización encubierta, etc.
o Estrategia de la guía teórica: se basa en cualquier teoría
o sistema de conocimientos procedentes de la psicología científica. enfrentados
con las quejas y demandas del paciente, el terapeuta recurre al arsenal de
teorías y conocimientos científicos existentes en busca de un sistema conceptual
que verse sobre la región de fenómenos con que se encuentra, de tal forma que
le sea posible describirlos con precisión y encontrar estrategias de actuación
para pasar de un estado A (coincidente con el que actualmente presenta el paciente)
a un estado B (coincidente con las metas últimas propuestas). De este modo, las
quejas y demandas planteadas de forma semejante, tras un análisis más de-tenido,
pueden quedar conceptualizadas en una forma distinta y requerir la evaluación
de unos u otros contenidos, así como desembocar en uno u otro tipo de
tratamiento.
i).- Evaluación de los resultados del tratamiento: las razones por las que se
aconsejan la realización de una valoración sistemática de los resultados de las
intervenciones psicológicas son las siguientes:
o La valoración proporciona
información acerca de la magnitud y dirección de los cambios, así como acerca
de en qué medida se camina hacia la consecución de las metas últimas del
tratamiento, permitiendo con ello la corrección de los fallos o deficiencias
que se observen (valoración formativa).
o Permite apreciar el grado
con el que se han alcanzado las metas últimas del tratamiento y, por tanto, si
el tratamiento puede considerarse o no como un éxito, en qué medida lo es y con
respecto a qué criterios de los utilizados (valoración normativa).
j).- Valoración
de las metas últimas del tratamiento: el establecimiento del éxito
del tratamiento depende de diversos criterios que pueden diferir según los
agentes sociales u otras personas significativas que realicen la valoración de
los resultados. Esto hace que sea necesario hacer un muestreo de los otros
significativos en los distintos ambientes en que se desenvuelve el paciente
para establecer cuáles son los criterios de éxito que utilizan. Así los
criterios empleados para valorar una misma actuación difieren dependiendo del
sexo, la edad o el “rol” del que actúa. De la misma forma, los criterios con
los que se valora la adecuación de una determinada actuación pueden ser muy
distintos, según quién sea el que la valora.
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